viernes, 18 de noviembre de 2016

MÁXIMO SOSPECHOSO 1: Métodos y métodos


Amanecía un nuevo día, sombrío y lluvioso, en Somosaguas. Filas de alumnos somnolientos se encaminaban perezosamente, en medio de la niebla matutina y el humo del A y del H, en dirección a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología. Hordas de juventud exhausta ya de empezar el día, preparados para tomar borreguilmente apuntes que nunca aprenderían a aplicar en su vida cotidiana trabajando en McDonald’s.
Esto nos la suda porque esta historia habla del grupo 1.4 de tarde de Políticas, así que olvidadlo.
Aquella tarde yo llegaba a deshora a clase. Venía de ocuparme de un caso breve y carente de importancia alguna sucedido en territorio de la Complutense: mi territorio. El atropello de la mascota de una de las facultades más importantes parecía haber estado cargado de segundas intenciones pertinentes a mis intereses, pero no era así en este caso. Solo era un estúpido atropello.
Llegar tarde era una cosa, pero llegar tarde a una de las primeras clases de Economía Política del curso complicaba el asunto. Aún no se había asentado el polvo lo suficiente para que surgieran más que alianzas temporales entre grupos, y yo, aun llevándome bien con quien me hablara, permanecía fuera de la dinámica general. Mis apuntes dependían de mí. Así que entré a la clase cabizbajo y, visto de que mi asiento habitual estaba ocupado por un desconocido,  me dejé caer en uno de la segunda fila, a un asiento de Paloma.
Ya tan pronto en el curso portaba con orgullo el fácil epíteto por el que le conocía la clase: la argentina. Me saludó con una media sonrisa y una caída de ojos bastante anónima: seguramente no sabía mi nombre aún. Si su personalidad era la que se dejaba intuir entre sus salidas a destiempo en mitad de clase y sus numerosas intervenciones para preguntar o discutir, que embobaban a toda la clase por su marcado acento, lo acabaría sabiendo.
Volteamos hacia el profesor. Saqué mi material, esperando un día más de tomar apuntes y tomar apuntes. Lo que más me había interesado de la superposición de factores resultante de elegir este grado en esta facultad concreta era lo prometedor de las personalidades de quien decidiera meterse a aquel sarao. Ya se perfilaban fuertes arquetipos en determinadas personas de clase; líderes, incluso, tanto a la luz como en la sombra. Outsiders, guetos y grupos de presión, todos ellos estudiando la ciencia política: la ciencia del conflicto. Y aquel grupo en particular, cuando la gente empezara a conocerse, prometía entretenimiento.
Bien poco sabía yo que la fiesta daría comienzo ese mismo día.



-Entonces, ¿Foucault defiende en este texto la idea de que Lala promueve roles de género sobre Po en presencia de Tinky-Winky y DIpsy?-interrumpió Chantal con el Bic en la boca. La profesora de Teoría Política, perdida entre lo que iba a decir y se le quedó por el camino, se la quedó mirando, procesando la idea. Fernando se adelantó.
-No, Foucault critica a los que toman esta postura-aclaró, ufano, con su acentaco gaditano.
-¿Entonces qué postura toma él?-inquirió Chantal.
-Foucault critica a los que toman esta postura según los motivos por los que la tomen, pero también apoya la idea-dijo Dani, varias filas atrás. Media clase se giró y se hizo un silencio sepulcral. Eva Borreguero observaba fascinada la escena.
-No la apoya-se mantuvo Fernando.-Foucault ataca especialmente a quienes hacen slut-shaming a Lala porque sí, pero también critica la visión progresista.
-Creo que no expresa su apoyo claramente en ninguna parte del texto-comentó Chantal hojeando las páginas impresas. Los otros siguieron ajenos a su participación.
-Pues yo creo que sí-dijo Dani con cierta agresividad.-Justo después del análisis del capítulo de la desaparición de Dipsy, lo comenta.
-Joder, Dani, yo no contaría eso como un apoyo a la postura, solo introduce el tema-se quejó Fernando con un ademán algo irrespetuoso.
-¡Pero si lo dice claramente!-saltó Dani.
-A ver, no nos exaltemos-la intervención de la profesora marcó a las claras que aquel había sido un enfrentamiento fuerte; las miradas que volaron como flechas entre Dani y Fernando, también. Casi desconocidos.
Aquella noche pude entrever cierto retintín en el tono de sus intervenciones por el grupo de clase: se hablaba con jocosidad de una marcha tinkywinkista en Cibeles a la que ni podíamos ni queríamos ir nadie de clase. No había necesidad alguna de posturas enfrentadas, pero Dani y Nano encontraron cada uno la suya para acto seguido abandonarlas.
¿Cuál era pues la necesidad de generar nuevos conflictos que no iban a llevar a nada? El debate de clase había trascendido a un problema personal. Empezaba el salseo.



Estaba claro que Fernando se iba a presentar para delegado de clase. Líder carismático nato, a los pocos días ya había reunido a un grupo de compañeros a su aldededor. Había lazos previos a la uni entre varias personas de clase, por supuesto, pero incluso sin una marcada ventaja en este aspecto, Fernando tenía cierto poder aparecido de la nada. El grupo de gente que se llevaba bien con él estaba bien delimitado, a diferencia de los que habían surgido por el resto de clase de forma inestable.
Su candidatura estuvo clara desde el principio, y parecía ser la única.
Cuando dos días después, Dani anunció por el grupo que se presentaría, a todo el mundo le tomó por sorpresa. A mí no.



-Máximo-una uña lacada repiqueteó en mi mesa. Levanté la vista, siguiendo las líneas de la esbelta mano que me requería, y apareció ante mí una mirada inexpresiva pero bella.
-Hola, ¿Coral, era?-la chica asintió. Se trataba de Coral Fausch, otra de las figuras que intervenían a menudo en debate: más que aportar grandes intervenciones, movía astutamente el debate y cogía parte del foco para sí. Su pelo de seda se mecía sobre mí, ignorante segura ella de la ligera amenaza que imponía su presencia. O no.-Dime.
-He oído hablar de tus… intereses alternativos-aquello no me lo esperaba para nada. Mi faceta detectivesca no era especialmente publicitada, pero había pretendido pasar del todo desapercibido en Políticas. Parecía que aquello no iba a ser posible.-Quiero saber tus precios.
Miré a mi alrededor. El aula estaba casi vacía, y los cuatro o cinco presentes, amigos de Fernando, no nos podían oír, inmersos en un animado debate.
-Dependerá de qué trabajo me quieras encargar.
Coral pareció incómoda. Carraspeó y se inclinó un poco más.
-Las candidaturas a delegado son un tanto opacas, ¿no te parece?-asentí cautamente.-Ni siquiera sabemos qué organizaciones están detrás. Pregunté a Fernando y me dijo un par de nombres con desgana. No me parecen formas de presentarse a candidato.
-Es cuestión de pedirles que espabilen y hagan campaña de forma clara-sugerí, pero ella sacudió la cabeza.
-No lo harán. Créeme, Máximo, he indagado un poco por mi cuenta y tanto Fernando como Dani tienen cosas que no quieren contar. Y que me interesa saber.
-¿Por quién vas?-pregunté. ¿Iría Coral, quizá, a presentar una tercera candidatura? O a cubrir a quien la presentara.
-Por nadie-no me creí una palabra.-Quiero saber cómo están las piezas en el tablero, eso es todo.
-Eso solo les interesa a quienes quieren mover ficha-Coral esbozó una media sonrisa.
-Mientras yo te pague por tus servicios, poco te ha de importar para qué utilice los resultados, ¿no?
-Pero puedo elegir no aceptar el encargo-sonreí. Ella sonrió más. Mal asunto.
-O puedes elegir aceptarlo a cambio de saber cuál va a ser la tercera persona que anuncie su candidatura.
SI yo hubiera sido un perro, mis orejas se habrían levantado de manera muy notable al oír eso. Coral entendía mis intereses; no por completo, pero lo suficiente para sus intereses.
Acepté el maldito trabajo.



Una sonrisa de raso me recibió al llegar a clase los días siguientes. Me incomodaba la constante observación. Había hecho un rastreo superficial de los dos candidatos y ahora tocaba hacer un seguimiento literal para completar los ciertamente llanos informes que le estaba preparando a Coral, pero su escrutinio constante en clase, el sentir sus ojos en la nuca mientras tomaba apuntes, me tenía de puntillas. Me descentraba, y a un detective descentrado se le escapan cosas.
Esperé reciprocidad de miradas furtivas de la chivada tercera candidatura, pero Carmelo era inmune a mis encantos. Coral, en efecto, había traicionado su confianza. Resultaba divertido verles, lado a lado, juntos pero sin hablar, sabiendo eso.
Resultó más divertido aún cuando, aquella noche, Carmelo propuso graciosamente por el grupo de clase presentarse como candidato. Me aferré al móvil sintiendo un sudor frío. Era un chiste, solo una broma a la que la conversación no volvió. ¿Me había engañado Coral? Al día siguiente debía presentarle los informes, carentes de información excesivamente jugosa, pero nada escuetos en lo referente a lealtades.
¿Me había embaucado Coral?



Permanecí especialmente gris cuando, en un cambio de clase la tarde siguiente, Carmelo hizo un chiste, esta vez presencial, sobre su candidatura, y media clase rió la gracia. Coral me dedicó una breve e incómoda mirada, pero no se atrevió a buscar la mía. Hasta que Carmelo no se presentara, buscando ganar con su humor oscuro, el deje de ligerísima superioridad siempre presente en su voz y la mirada que no compartía la sonrisa de más abajo, el pago de Coral quedaba en agua de borrajas.
Pero, ¿era lo bastante tonta como para prometer un pago que no tenía en el bolsillo? No lo parecía. Más que la incertidumbre sobre la promesa que me había hecho, me intrigaba el as que sabía que se guardaba en la manga. No tenía ni idea de por dónde me iba a salir. Coral sorprendía, y esta vez no tenía por qué venirme bien.



-¿Tienes lo mío?
Saqué un pequeño fajo de papeles sin levantar la vista. Carente su voz de la seguridad que había desbordado al encargarme aquel trabajo, Coral había perdido color. Pero todo podía ser una farsa. Me estaba emparanoiando. Apoyado en el marco exterior de la puerta de clase, levanté la vista, disfrutando la melodía del dejà vu. Coral me dedicaba una mirada descafeinada.
-Lo tengo. Ninguna locura, pero sí un par de cosas interesantes.
-Lo esperado, entonces-Coral sacudió la muñeca para mirar su reloj.-Me tengo que ir.
Puso la mano sobre el fajo, pero no lo solté.
-Hablamos de tercera candidatura-murmuré con una media sonrisa.
-¿Mentí acaso?
-¿Lo hiciste?-pregunté. Ella sonrió, y entonces supe por dónde me iba a salir. Supe que se iba a ensuciar las manos, simple y llanamente, con una tonta vuelta dialéctica. Supe que se sentía sofista y no le desagradaba del todo. Tenía valores morales, simplemente no le salía a cuenta esta vez. Le daba igual cerrarse aquella puerta. Y para mí, en mi grandilocuencia interna, aquello equivalía a una enorme, gigantesca falta de respeto hacia mí.
-Dije quién anunciaría la tercera candidatura, no quién se presentaría. No te he mentido-apenas escuché sus palabras. Solté el fajo con desgana, y lo cogió.
-Sabes que eso ha sido mala idea-dije mirándola a los ojos. Coral aceptó mi mirada desaprobadora durante unos segundos, sin decir nada, y entonces sonrió y desapareció por el oscuro pasillo del segundo piso con un frufrú de su rebeca larga y negra.



El tiempo oficial de campaña aún no había dado comienzo, pero a nadie le importaban unos plazos cuyo cumplimiento nadie vigilaba. Tanto Dani como Fernando aseguraban apoyos dentro de sus propios círculos antes de extenderse, lo cual estaba terminando de asentar las lealtades y alineaciones dentro de la clase en la mayor parte de los casos. Fernando tenía mayor estabilidad, más contactos, pero por algún motivo le estaba costando salir de ahí, alcanzar a los de fuera de su círculo. Era consciente de ello, y se estaba poniendo nervioso. Yo me limitaría a observar.
Al menos, así me parecía que iba a seguir siendo, hasta que Frida irrumpió abruptamente en mi mundo.